Argentina, Uruguay y la credibilidad

Desde los últimos 8 años estoy muy vinculado afectiva y económicamente a la Argentina, a tal punto que la mayoría de mis mejores momentos han sido en tierras argentinas.
Siempre se dice que argentinos y uruguayos, somos hermanos y de verdad así lo creo, porque salvo pequeñas diferencias, somos pueblos sumamente parecidos.
Tal vez una de las mayores características que nos diferencian es la credibilidad en las instituciones que posee cada país.
En Argentina las instituciones como sus componentes están claramente devaluadas en  credibilidad, lo que produce una sensación de inestabilidad constante. Mientras que en Uruguay, a pesar de que existen también muchas situaciones atípicas, la credibilidad es aún un don que sus estructuras mantienen.
Para ahondar esta idea voy a utilizar como ejemplo las próximas elecciones que se suceden en ambos países el próximo 28 de junio.
En Argentina, las elecciones son de corte legislativo, ya que tanto la cámara de senadores como de diputados renovarán bancas, mientras que en Uruguay las elecciones que se aproximan son internas de cada partido, las cuales buscan elegir un candidato único por sector.
Desde hace ya varias semanas en Argentina la oposición esta criticando y cuestionando muy duramente a las consultoras sobre las cifras que ellas brindan de las encuestas, denunciando al gobierno de comprar los resultados, tratando de volcar así a los indecisos hacia su partido.
Ya de por sí tratar de entender a la política argentina es algo sumamente difícil, porque año tras año, los que eran amigos son luego enemigos y viceversa. Luego de vivir 7 años en Buenos Aires sigo realmente sin entender que es el Peronismo en si o si aún sobreviven radicales.
Más allá de la ideología, es realmente muy difícil poder confiar en un país donde encuestadoras oficiales dan una cifra de 15% a favor del gobierno K actual, mientas que las no compradas dan un empate técnico a favor del Pro en provincia de BsAs. Otro ejemplo son los resultados de capital, donde las encuestadoras “oficialistas” dan a los candidatos del Frente para la Victoria como ganadores, luego el Pro y finalmente Stolbizer-Alfonsin. Otras en cambio ubican primero al Pro, luego a Stolbizer-Alfonsín y terceros (lejos) la formula K.
Ya demasiada polémica causa todos los meses las mediciones del INDEC argentino, como para ahora también cuestionar el resultado de empresas privadas y que supuestamente (y defendiendo una profesión) deben ser imparciales para mostrar resultados tan objetivos como debe ser una encuesta.
Estas dos últimas semanas los planes, la ideas, el debate sobre el modelo ya se ha dejado completamente de lado y el tema ha sido la credibilidad, la confianza de las instituciones en sí que ya ha sido perdida por el constante manoseo de sus protagonistas (sin importar quien sea).
En Uruguay en cambio, hay algunos conceptos básicos que nadie cuestiona y luego de vivir bastante tiempo afuera, ahora realmente logro darle valor a este detalle.
Uruguay es un país que cambia para no cambiar y si bien esto es malo para muchas cosas, también es bueno para poder pensar a largo plazo, ya que uno puede predecir (con cierto margen de error, es cierto) lo que va a pasar en 5 o 10 años y eso se logra únicamente con la credibilidad que su gobierno o su pueblo otorga.
Volviendo a las encuestadoras, me sorprende ver como varias empresas (por no decir todas) dan resultados casi iguales, sin importar quien sea el que pague esta encuesta, ya sea el partido oficialista o su más acérrimo rival, y saben que … esto da mucha tranquilidad.
Con esto no digo que los uruguayos seamos perfectos y los argentinos personas en quienes no confiar, pero lo que si quiero decir, es que en Uruguay aún se respetan las instituciones, sin importar que partido sea el que gobierne y esto da credibilidad y confianza, tanto para los que vivimos en este país, como para los que quieren invertir en él.
Argentina necesita un cambio en este aspecto, pero sería tonto pensar que debe venir de su clase política. El cambio es cultural y debería iniciarse en sus propios ciudadanos.

Desde los últimos 8 años estoy muy vinculado afectiva y económicamente a la Argentina, a tal punto que la mayoría de mis mejores momentos han sido en tierras argentinas.

Siempre se dice que argentinos y uruguayos, somos hermanos y de verdad así lo creo, porque salvo pequeñas diferencias, somos pueblos sumamente parecidos.

Tal vez una de las mayores características que nos diferencian es la credibilidad en las instituciones que posee cada país.

En Argentina las instituciones como sus componentes están claramente devaluadas en  credibilidad, lo que produce una sensación de inestabilidad constante. Mientras que en Uruguay, a pesar de que existen también muchas situaciones atípicas, la credibilidad es aún un don que sus estructuras mantienen.

Para ahondar esta idea voy a utilizar como ejemplo las próximas elecciones que se suceden en ambos países el próximo 28 de junio.

En Argentina, las elecciones son de corte legislativo, ya que tanto la cámara de senadores como de diputados renovarán bancas, mientras que en Uruguay las elecciones que se aproximan son internas de cada partido, las cuales buscan elegir un candidato único por sector.

Desde hace ya varias semanas en Argentina la oposición esta criticando y cuestionando muy duramente a las consultoras sobre las cifras que ellas brindan de las encuestas, denunciando al gobierno de comprar los resultados, tratando de volcar así a los indecisos hacia su partido.

Ya de por sí tratar de entender a la política argentina es algo sumamente difícil, porque año tras año, los que eran amigos son luego enemigos y viceversa. Luego de vivir 7 años en Buenos Aires sigo realmente sin entender que es el Peronismo en si o si aún sobreviven radicales.

Más allá de la ideología, es realmente muy difícil poder confiar en un país donde encuestadoras oficiales dan una cifra de 14% a favor del gobierno K actual, mientas que las no compradas dan un empate técnico a favor del Pro en provincia de BsAs. Otro ejemplo son los resultados de capital, donde las encuestadoras “oficialistas” dan al del Frente para la Victoria compitiendo fuertemente con el PRO por el primer puesto y en tercer lugar el Acuerdo Cívico y Social. Otras en cambio ubican primero al Pro (con mucho aire), luego a Prat Gay (Acuerdo Cívico y Social) y terceros (lejos) la formula K.

Ya demasiada polémica causa todos los meses las mediciones del INDEC argentino, como para ahora también cuestionar el resultado de empresas privadas y que supuestamente (y defendiendo una profesión) deben ser imparciales para mostrar resultados tan objetivos como debe ser una encuesta.

Estas dos últimas semanas los planes, la ideas, el debate sobre el modelo ya se ha dejado completamente de lado y el tema ha sido la credibilidad, la confianza de las instituciones en sí que ya ha sido perdida por el constante manoseo de sus protagonistas (sin importar quien sea).

En Uruguay en cambio, hay algunos conceptos básicos que nadie cuestiona y luego de vivir bastante tiempo afuera, ahora realmente logro darle valor a este detalle.

Uruguay es un país que cambia para no cambiar y si bien esto es malo para muchas cosas, también es bueno para poder pensar a largo plazo, ya que uno puede predecir (con cierto margen de error, es cierto) lo que va a pasar en 5 o 10 años y eso se logra únicamente con la credibilidad que su gobierno o su pueblo otorga.

Volviendo a las encuestadoras, me sorprende ver como varias empresas (por no decir todas) dan resultados casi iguales, sin importar quien sea el que pague esta encuesta, ya sea el partido oficialista o su más acérrimo rival, y saben que … esto da mucha tranquilidad.

Con esto no digo que los uruguayos seamos perfectos y los argentinos personas en quienes no confiar, pero lo que si quiero decir, es que en Uruguay aún se respetan las instituciones, sin importar que partido sea el que gobierne y esto da credibilidad y confianza, tanto para los que vivimos en este país, como para los que quieren invertir en él.

Argentina necesita un cambio en este aspecto, pero sería tonto pensar que debe venir de su clase política. El cambio es cultural y debería iniciarse en sus propios ciudadanos.

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